“Si los autores escribieran solamente para sus contemporáneos, rompería y desecharía mi pluma”
Victor Hugo
La longevidad, predominante aunque no exclusivamente, es la prerrogativa de una escuela literaria hoy virtualmente inexistente: el Romanticismo. El cual es una escuela de arte conceptual. Se ocupa, no de las trivialidades azarosas del presente, sino de los problemas y valores eternos, fundamentales y universales de la existencia humana. No registra ni fotografía: crea y proyecta. Se preocupa –en palabras de Aristóteles- no de las cosas como son, sino de las cosas como podrían y deberían ser.
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En una obra teatral que escribí cuando tenía algo más de treinta años, Ideal, la heroína, una estrella de cine, habla por mí cuando dice: “Quiero ver, real, viviente y en las horas de mis días, esa gloria que creé como una ilusión. La quiero real. Quiero saber que hay alguien, en algún lugar que también la quiere. Si no, ¿qué sentido tiene verla, trabajar, y romperse uno mismo por una visión imposible? Un espíritu también necesita combustible. Puede quedarse seco”.
Ayn Rand
